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EXPERIENCIAS

En busca del café. Viaje a Timor Oriental

Alguien está tocando las campanas de la iglesia de San Martín de Oscos esta mañana soleyera de domingo. Sobre la mesa una taza de café recién hecho perfuma el comedor. Asturias tiene mucho que decir en el mundo del café; grandes empresas cafeteras están radicadas en el Principado, y técnicos asturianos con fibras de aventura desarrollan su trabajo en territorios lejanos en los que nace la primera bebida del mundo.

En medio de la ventanilla del avión surgió una isla. En el centro las montañas, y delante, sobre una llanura verde creada por los limos arrastrados desde siglos por las torrenteras, estaba Dili, la pequeña capital de Timor Oriental. El DC-10 blanco de Merpati Airlines, la compañía local conocida por su seguridad preocupante, inclinó el ala derecha hacia el mar, y viró a estribor con la elegancia de una bailarina de ballet para situarse sobre la bahía. Una vez en paralelo con la costa recuperó su posición horizontal y se dirigió al pequeño saliente en el que, allá abajo, cortando la vegetación, se veía la pequeña pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional Nicolau Lobato, de nombre más largo que el tamaño de la terminal.

Timor Oriental, ahora llamado Timor Leste, es una antigua colonia portuguesa que ocupa la mitad Este de la isla de Timor, próxima a Papúa-Nueva Guinea, al Sur de Las Molucas. en las aguas fronterizas del Índico y el Pacífico. Pigafetta, cronista del Viaje de Magallanes, cuenta de la llegada de las naos españolas a la isla el sábado 25 de enero de 1.522. No andaban bien de diplomacia: secuestraron a un jefe indígena, y lo cambiaron por cerdos y búfalos. El poder de la persuasión.

España desarrolla en Timor proyectos de cooperación internacional, mayoritariamente de carácter agrícola, en los que participan como cooperantes ingenieros técnicos agrícolas y otros. Su trabajo consiste en mejorar los conocimientos agroganaderos de la población indígena, devastada por años de violencia.

Al abrirse la portezuela del avión, una bocanada de aire caliente y húmedo de lavandería inundó el aparato. Desde la escalinata resaltaba sobre las palmeras el tejado puntiagudo de color rojo desvaído de la Terminal. Olía a keroseno, y el sol, como un yunque, martillaba los colores. En el área de “Llegadas”, un cuarto de diez por diez con la pintura desvaída y abarrotado de sudorosos viajeros multirraciales, una pequeña cinta transportadora, vomitaba el equipaje, y un aduanero de piel tostada, con uniforme sin planchar dos tallas mayores que las que le correspondían escrutaba el monitor de rayos “X”. La maleta avanzó en la cinta renqueante hasta quedar debajo de la pantalla, donde aparecieron fulgurantes la impactante rueda de queso de Cabrales y las riestras de chorizos de Tineo que, junto a un buen atado de “Hola” y “Lecturas” y varias bolsas de pipas “Facundo” los cooperantes habían exigido con cierta violencia nacida de la morriña. Pero el aduanero siguió viendo circular maletas impasible. Agarré la mía, y presuroso me fui. Al otro lado de la baranda metálica, animosa y sonriente como siempre me esperaba Lucía, ovetense de San Claudio, una de las compañeras de profesión en la isla. Tras el abrazo de rigor le comenté extrañado cómo el aduanero había ignorado el alijo gastronómico de mi maleta. “Solo buscan armas” –respondió tranquilamente.

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El 29 de noviembre de 1.975, a raíz de la Revolución de Los Claveles, Timor se independizó de Portugal. Pero la noche del día 7 de diciembre un importante número de fuerzas indonesias, transportadas por mar y aire, con el apoyo de Estados Unidos, invadieron Dili, la capital, y en los días siguientes la totalidad de Timor. Tras la ocupación comenzó el genocidio. Miles de personas desaparecidas, cientos de pueblos destruidos con napalm, milicias indonesias apoyando la violencia de los militares. Fueron los años del horror, en los que Timor aparecía con carácter diario en los noticiarios. Ante la repercusión mundial, y gracias al trabajo del Premio Nobel de La Paz, José Ramos Horta y de las negociaciones del Vaticano –la Iglesia tiene importantes posesiones en la isla-, presionados por las Naciones Unidas, en 1.999 Portugal en cuanto antigua potencia colonizadora e Indonesia negociaron la celebración de un referéndum y el posterior abandono del país, alcanzando de nuevo la plena independencia en el año 2.002. No obstante en el 2.006, una grave crisis política trajo consigo la vuelta de la violencia entre diferentes facciones internas con gran número de muertos, lo que obligó a la intervención de las fuerzas de seguridad de la ONU, presencia que sigue en la actualidad.

El vehículo que me trasladó desde el aeropuerto se detuvo en una de las calles principales de Dili. La señal de tráfico era idéntica a las de “prohibido aparcar”, pero en su centro aparecía la silueta en negro de un fusil ametrallador. Las hermosas verjas de hierro forjado que cerraban las fincas de edificaciones coloniales del centro estaban rematadas con alambradas. Por las calles transitaban vehículos de Naciones Unidas. La barra de la cafetería del Hotel Timor siempre tenía un buen número de policías internacionales.

Todo el mundo queda en este hotel; es el mejor de la ciudad, y guarda pleno sabor colonial, como si en el Palacio Presidencial cercano aún residiese el Gobernador general portugués. Diplomáticos, militares, prostitutas de lujo, profesionales, comerciantes de café, cooperantes, sin duda espías, se sientan en los confortables sillones de bambú, aireados por el vuelo bajo de los ventiladores de techo sacados de la película “Casablanca”, que complementan al aire acondicionado, paladeando zumos de sabor infinito, potente café de Timor, o whiski con dos piedras de hielo fabricado posiblemente con agua contaminada, pues así es la de todo el país. Dos porteros autóctonos, correctamente uniformados, abren las gigantescas hojas de cristal de la puerta principal. En el gran comedor camareros indígenas de ropa inmaculada atienden con extrema solicitud las indicaciones de los comensales, bajo la atenta y fría mirada de los tres hijos del dueño, altos, europeos –portugueses-. Los menús, realizados con cocina timorense y portuguesa, son excelentes, y el precio increíblemente bajo –sobre 10 dólares americanos; Timor no tiene papel moneda-. Afuera, el aire recalentado hace recordar que la isla de Timor se encuentra en una de las regiones tropicales con mayor peligro de terremotos y de erupciones volcánicas de Asia, donde el clima tan pronto pasa del sol aplanador a las cataratas del monzón, que anega y destruye las casucas autoconstruidas con materiales de deshecho que nacen apenas unas calles más atrás del Palacio presidencial. Pero los clientes del bar del “Timor”, aparentemente ajenos a estos detalles, saborean un daikiri mientras ven zarpar al otro lado de las cristaleras el barco picado de óxido que une el puerto –al otro lado de la calle- con la deliciosa isla de Atauro. Más allá, en el centro de la bahía, está “Areia branca”, la guapísima playa de Dili adornada con señales que avisan de la presencia de cocodrilos.

Gonzalo pertenecía a la cooperación española. Llevaba muchos años como técnico en el mundo del cultivo del café, un tiempo en Bolivia, después en Timor. Era grande, pesado, amable, y sonreía con facilidad. Manejaba la pick-up por los caminos imposibles del interior de la isla con llamativa seguridad. Él y Lucía hablaban de los problemas de los cafetos, de la dificultad para que los lugareños atendiesen como se debe las plantaciones. Pero ambos estaban de acuerdo en la belleza rotunda de ese cultivo. El paisaje en la montaña es boscoso, y no puede ser más hermoso. Cada cierto tiempo se descubre en un claro un pequeño poblado, en el que las tumbas son mucho mejores que las cabañas de techo de palma. Es debido a la cultura de los muertos. En realidad no mueren, cambian de lugar en el que vivir. Por eso el timorense no caza los cocodrilos que infestan las playas y los ríos; porque son los abuelos reencarnados.

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En la parte alta de la sierra una gran tranquera porticada marcaba la entrada a la plantación donde se desarrolla uno de los proyectos de cooperación. Allí nace el café. El camino que llevaba a la casa principal iba descendiendo con suavidad por el interior de la finca, y a ambos lados se observaban los cafetos de Arábica, la mejor del mundo. Con una altura aproximada a la del hombre, estaban cargados de piños de frutos con el aspecto de cerezas. En la misma rama unas eran verdes y otras rojas. Obreros con cestas de palma colgadas del hombro escogían los pequeños frutos, uno a uno, solamente los maduros. Grandes árboles diseminados daban cierta sombra a la plantación, imprescindible para que el cafeto sobreviviera. El pick-up de Gonzalo y Lucía seguía descendiendo hasta una explanada en medio de la gran ladera que desde la cima de la sierra bajaba hacia el mar. Allí estaba la casa, construida hace muchos años por los antecesores portugueses de los actuales propietarios, que son una familia importante en la isla. El edificio era poderoso aunque estaba aún en fase de reconstrucción pues la plantación fue incendiada por los soldados indonesios en los días previos a su retirada. En la galería, desde la que se domina toda la finca, Zelia nos esperaba. La técnica encargada de la dirección de la explotación era una mujer joven, de aspecto suave, con cara de no matar una mosca. Pero tenía que estar llena de fuerza porque vivía allí, única mujer de la finca, y sola habitaba la casa; los obreros –indígenas- vivían en las edificaciones auxiliares de chapa, a los pies de la casona. Y allí no había luz eléctrica ni teléfono. Al preguntarle si no le inquietaba la llegada de la noche en aquel lugar remoto, respondía con calma: “¿Por què?”. A un lado de la casa, como un testigo mudo de lo que allí sucedió se mantenían las ruinas de la ermita de la finca, en la que se bautizaron, casaron y recibieron los últimos rezos los miembros de la familia propietaria, en los años bonancibles de la colonia. Algo separado estaba el cementerio familiar, en medio de una nube blanca de cientos de flores de estramonio. Donde acababa el cementerio empezaba la selva.

Alguien golpeó con una barra de hierro el disco oxidado de una rueda de tractor colgado de un poste. El sonido se multiplicó por el valle. Era el cocinero avisando de que había llegado la hora de comer. Se veía como los obreros comenzaban a dirigirse hacia la casa. Cada día, después de la recolección, las cerezas se despulpaban, se lavaban, y se extendían a secar en las explanadas hormigonadas del ingenio, en el fondo de la finca. En uno de los extremos se encontraba el almacén, lleno de sacos de rafia plenos de granos ya curados a la espera de ser cargados y trasladados a los almacenes del entrador, a las afueras de Dili, para ser embarcados más tarde con destino a la lejana Europa. Desde la explanada se veía, allá arriba, como el nido de un águila, llena de poderío y de belleza, la casona dominándolo todo. La comida era sabrosa, aunque monótona, pues consistía siempre en carne o pescado muy picante con arroz blanco a modo de pan. Tras la comida y mientras se saboreaba una buena taza de café los tres agrícolas analizaban la marcha de los trabajos. Allí no había televisión; la sobremesa se aprovechaba también para saber de las últimas noticias. Silvia, la técnica agrícola de Lérida, seguía tranquilamente en Maubara con sus proyectos de arroz y maíz. Lo de Luis, ovetense, era más preocupante: Había tenido que despedir a uno de los hombres de la granja de porcino que dirigía. Antes de marcharse, el tipo lo amenazó con cortarle el cuello. Hacía pocos días, al levantarse, alguien había colgado dos perros despellejados delante de la puerta de su vivienda. “Son buena gente –remató Lucía- pero cuando se enfadan son algo violentos”.

Carlos Fernández.

LA GUAJIRA

Lindando con Venezuela, al Norte de Colombia, en la región Caribe, se localiza la zona más árida y de población más deprimida de toda la nación colombiana, exceptuando los pobres extremos que se agolpan en barrios marginales de ciudades por todo el país.

La Guajira (Wajiira en wayuunaiki, idioma de los Wayu), está compuesta por 15 municipios y tiene su capital en Riohacha. Tras la desaparición por extinción de numerosos pueblos que habitaban sus territorios, en la actualidad la pueblan Indígenas o Amerindios, en un 45 %, siendo un 40 % de Mestizos y Blancos, un 15 % de Negros o Afrocolombianos y una pequeña representación del pueblo Gitano.

Contiene la zona más árida de Colombia, aunque posee gran variedad climática, destacando el Desierto guajiro, zona difícil para la vida, pero de recursos muy bien aprovechados en el pasado por sus pobladores primitivos. La temperatura promedia es de 22 a 30 ºC, con máximas de 42 ºC. Su clima, solo llueve de setiembre a diciembre, genera una vegetación muy típica, compuesta de arbustos espinosos y cactus.

Sus recursos principales son la minería (70 %), sal marina, gas natural carbón lignito, turba y hulla, además de algo de oro.

Actividades agropecuarias (11 %) con cultivos de yuca, banano y frutas tropicales; en ganadería destaca el pastoreo de caprino. La aridez y erosión dificulta la agricultura y ganadería, pero los suelos son aptos para determinadas especies vegetales y ciertos animales.

También, pesca deportiva y artesanal tecnificada es importante debido a los exuberantes recursos hidrobiológicos, peces, crustáceos, moluscos, etc.

También, pesca deportiva y artesanal tecnificada es importante debido a los exuberantes recursos hidrobiológicos, peces, crustáceos, moluscos, etc.

El Fondo de Empleados del Cerrejón fue fundado en 1983 por treinta empleados de la empresa entonces llamada INTERCOR, hoy Carbones del Cerrejón Limited, Cerrejón, ubicada en el municipio de Albania, Departamento de la Guajira.

Estos empleados decidieron unirse para conformar una entidad de derecho privado, sin ánimo de lucro, para brindar servicios a sus asociados.

Según Resolución 1730, con fecha del 19 de agosto de 1983, del Departamento Administrativo Nacional de Cooperativas DANCOOP, reconoció la personería jurídica a la sociedad denominada FONDECOR.

En 2014, debido a la mala situación económica española, sobre en el sector de la jardinería, motivado por la jefa de mi hija que vivía en Barranquilla, Mercedes Botero (Gran psicóloga), me fui a Colombia a hacer las Américas. Cuando yo fui, mi hija volvió a España con un contrato de trabajo, Merce me acogió fabulosamente y pronto tenía empresa allí, junto a otro aventurero español también Ingeniero Técnico Agrícola, Ricardo Palero y nuestros socios colombianos Fredy y Alfredo Gomes, padre e hijo, magníficos ingenieros y mejores personas.

Nuestra empresa funcionó rápida y felizmente, los españoles éramos requeridos para ajardinar en Barranquilla, además de dar formación en la Universidad del Norte, donde Merce nos introdujo y pudimos organizar y dictar el Primer Diplomado en Jardinería.

Una mañana, Merce me preguntó si estaba dispuesto a dictar  cursos de jardinería para personas con nulos conocimientos, además, en la Guajira. Mi respuesta fue inmediata, claro que sí.

Me contactó Ivonne Arias de Fondecor, presupuestamos el curso básico de iniciación en la jardinería, lo aprobaron y a partir de ese momento comenzó una experiencia extraordinaria para mí.

Presentación en formato TALLER del

“NOCIONES TEÓRICO-PRÁCTICAS DE JARDINERÍA”.

Contenido:

MODULO I

Duración: 2 horas  

  • TEMA 1: Historia de la Jardinería
  • TEMA 2: Estilos en  Jardinería
  • TEMA 3: Diseños en Jardines
  • TEMA 4: Morfología de los Vegetales
  • TEMA 5: Clasificación de los vegetales (Taxonomía)
  • TEMA 6: Suelos 
  • TEMA 7: Plantación y trasplantes
  • TEMA 8: Riego y drenaje
  • TEMA 9: Fitopatología: Plagas, Enfermedades, Carencias, Excesos, Otros
  • TEMA 10: Cultivo en el jardín 
  • TEMA 11: Céspedes y Praderas
  • TEMA 12: Construcción del jardín
  • TEMA 13: Mantenimiento de jardines
  • TEMA 14: Eco jardinería
  • TEMA 15: El paisaje
  • TEMA 16: Elementos del paisaje
  • TEMA 17: Integración paisajística
  • TEMA 18: Medio ambiente y paisajismo
  • TEMA 19: Urbanismo y zonas verdes
  • TEMA 20: Instalaciones en la ciudad 

MODULO II

Duración: 2 horas  

PRÁCTICA: TEMAS TRATADOS.

  • Materiales para dibujo a mano alzada.
  • Bloc y lápices de colores……………………………………… COP  20.000
  • Plantitas en maceta o bolsa pequeña, menos de 1 litro de capacidad   COP    5.000
  • Maceta para plantación vacía de ¾ de litro o 1 litro de capacidad…..  COP    8.000
  • Piedras chinas pequeñas, 1 litro por cada 10 alumnos………………….. COP       900
  • Sustrato de plantación, 2 litros por alumno…………………………………COP    2.000
  • Tijeras de poda…………………………… Solo uso, alquiler……………….. COP       200
  • Tijeras de recorte de setos………………..  Solo uso, alquiler………………COP       400
  • Segadora de césped………………………  Solo uso, alquiler……………….. COP       600
  • Regadera………………………………….  Solo uso, alquiler……………….. COP      100
  • Fumigadora manual………………………  Solo uso, alquiler………………..COP      600
  • Elementos decorativos: piedras de colores, maderas, otros………………COP   5.000
  • Precio por alumno, para 20-30 alumnos por Taller………………………COP  42.800

Los más mínimos detalles quedaron debidamente concretados, todo estaba previsto, incluso mi necesario regreso a Barranquilla por la clausura del Diplomado de la UniNorte, lo resolvieron con el avión de la Mina.

Es decir, como corresponde a una Fundación, toda la formación estaba presupuestada y financiada, conociendo los costes y contando con los recursos.

Presupuesto de gastos que serían abonados por mí cuenta. Pesos colombianos.

La formación que ofrecíamos comenzó en Barranquilla, puesto que Fondecor tiene una de sus sedes allí, esto les servía (supongo yo) para evaluar al ponente, yo mismo, y decidir si se iniciaba la gira por la Guajira o no.

El programa era bastante cargado, taller por la mañana y otro en población diferente por la tarde, viajábamos en coche alquilado con conductor, con cambios frecuentes de conductor y nada parecidos a un taxi, que podamos imaginar, coches de un mínimo de 25 años de antigüedad, nada de placas, insignias o distintivos, cargados a tope con el material del curso, incluido sustrato, Ivonne, el conductor las plantitas y yo.

Ya en Barranquilla pude apreciar la satisfacción en los rostros de nuestros “alumnos”, todos familiares y trabajadores de la Mina, beneficiarios de FUNDECOR.

Había algo que todavía no llegaba a apreciar, que comentaré al final.

El 13 de octubre, en Valledupar, población de más de un millón de habitantes, disponía de un buen hotel (Incluido terremoto en la madrugada de 4,75 grados que movió la cama, cuadros y me asustó bastante), la sala era amplía, luminosa y contábamos con equipo audiovisual, aquello tenía una pinta extraordinaria.

Ya por la tarde, empecé en San Juan del Cesar a comprender que ese inicio no tendría continuidad, más bien iría bajando el nivel hasta cotas no imaginadas por mi mente occidental.

Los hoteles debo reconocer que siempre fueron buenos, incluso muy buenos para las zonas donde nos movimos.

Ivonne, tenía todo programado, tiempo de viaje, comida, dictar los talleres y hacer camino, controlaba los tiempos y no me permitía continuar con las preguntas más de media hora, tiempo que siempre resultaba escaso para las inquietudes que despertaba la jardinería en aquellas personas.

Los días pasaban y la amistad con Ivonne crecía, su excelente quehacer lo convertía todo en fácil y grato, trabajar con ella fue un auténtico placer, compartir la jardinería con aquellas personas que estaban ávidas de aprender, ilusionadas por saber trasplantar una maceta o poder obtener una planta por esqueje o como sembrar una semilla, me hacía sentir muy bien, llegando a comprender lo mucho que puede suponer dar muy poco.

Casi al final, después de que en una curva de una carretera el conductor me pidiese que me agachase por que los bandidos me podían disparar al ver que era extranjero (Me llamaban el alemán en Barranquilla y me felicitaban cuando ganaba algo Alemania), o de oír a otro conductor decir a las 14:00, “ a esta hora no hay problema, los bandidos no han vuelto de comer”, o tener que clausurarte en el hotel a partir de las 19:00 por precaución, alto peligro de ser atracado o incluso secuestrado. Ivonne tuvo que ausentarse y la sustituyó una agradable y educada muchacha, muy joven, yo diría que no alcanzaba los 20 años. No la nombraré por respeto a su privacidad.

Ella se presentó en el hotel a la hora del desayuno, la invité a tomar algo pero no aceptó. Como siempre, con nuestro taxi particular y cargados a tope nos dirigimos a dictar el taller, tampoco citaré el pueblo, porque importa poco y podría ser uno cualquiera de los que allí existen.

A la hora de la comida me pidió disculpas porque solo existía una pizzería y no había otro restaurante, le dije que sin problemas a comer pizza. Pedimos dos pizzas, pero compruebo que no come, ¿Te sientes mal, no tienes hambre?, pregunté. Contestó que no le pasaba nada. Tras insistir en mi preocupación por que no comía, al final, me confeso que la guardaba para su niña.

Lo tremendo es que esta persona estaba trabajando y no disponía casi de recursos para dar una pizza a su niña. Le deje pagadas unas pizzas para cuando quisiera, una para ella en ese momento, que devoró con ansía visible.

Fuimos juntos a su casa a llevar la pizza a su niña y encontré una escena que no olvidaré jamás, su madre con la que vivía y que le cuidaba a su niña, le reclamaba la comida para una gallina que tenían en el patio: “… si no traes la comida de la gallina la mato, yo no tengo dinero para comprar comida de gallina”, le pedía que no matase a la gallina que les proporcionaba un huevo de vez en cuando.

Aparte mi satisfacción personal por mis talleres por la Guajira, donde pude comprobar la satisfacción de las personas que asistían, saque dos conclusiones muy importantes para el resto de mi vida:

Lo mucho que se puede aportar mediante la formación.

El que más se benefició de esos talleres y esos contactos con las personas que compartieron conmigo esos instantes distendidos, sin lugar alguna de dudas fui yo, recibí un cariño y unas miradas que no se pueden pagar, sentirme útil fue simplemente extraordinario.

Miguel Agulló.

El Alto, Bolivia

Fue hace ya mucho tiempo, pero todavía tengo todos aquellos recuerdos, vivencias y experiencias muy vivas. En concreto, era el año 1994, cuando con mi juventud recorría por mi interior unas inquietudes de poder colaborar donde fuera para poner un granito de arena. 

Así que, en mayo de 1994, dada mi cercanía a la Congregación de las Hermanas de Santa Ana, en Zaragoza, les comenté mi inquietud de poder colaborar con ellas en algún Proyecto que estuvieran desarrollando. 

En primer lugar, me dijeron que podría ir a tener una experiencia así a Guinea Ecuatorial; me pareció genial. Pero fue que, a las pocas semanas, me comunicaron que, por problemas políticos, la situación era complicada para viajar a África. 

A continuación, sabiendo que yo era Ingeniero Técnico Agrícola, me ofrecieron la posibilidad de ir a la ciudad de El Alto, en Bolivia. Las hermanas de Santa Ana tenían un colegio Humanístico Técnico Agropecuario, que se llama Luis Espinal y, que allí tenían necesidades de formación y de materiales para el aprendizaje de los alumnos. 

El Alto, Bolivia

La idea también me pareció genial. Me puse a leer sobre la ciudad de El Alto y sobre Bolivia (no existía Google). Y, en mi cabeza, empecé a imaginarme un entorno tropical, con vegetación exuberante, suaves colinas y un clima agradable. 

La ciudad de El Alto está a 4.100 m.s.n.m. Me parece que yo no sabía muy bien, lo que esa altitud quería decir. Sólo que estaba emocionado con la idea de pasar el tiempo de mis vacaciones, en agosto, en una experiencia así. 

Llegó el mes de agosto, y el momento de subir al avión y, vía Buenos Aires, llegué al aeropuerto de El Alto (es el aeropuerto de La Paz).  

Lo primero que veo una vez en la terminal es el servicio de Oxigenoterapia. Me habían hablado del soroche (mal de altura), pero no podía imaginar que fuera cierto. Las hermanas de Santa Ana me vinieron a recoger al aeropuerto y me trasladaron a la casa parroquial de la catedral de El Alto. Allí me recibió el párroco, era un sacerdote indio (de India), con quien compartimos buenos momentos, aunque mi labor se iba a desarrollar principalmente en el Colegio junto a las hermanas. 

La cuestión es que nada más llegar me dijeron que tenía que quedarme en reposo durante dos días para evitar el mal de altura. ¡Qué complicación!, con las ganas que yo tenía de salir y conocer. Bueno, pues en parte guardé reposo, pero también es cierto que salí por los alrededores y pues nada, a los dos días el dolor de cabeza era insoportable, que se aliviaba con mates de coca. Aprendí a llevar una vida más calmada, sin ir con prisas y a rechazar las invitaciones para jugar al fútbol con los alumnos del Colegio. 

El Colegio Luis Espinal daba una formación profesional y humana a sus alumnos, en varios ámbitos, entre ellos el agropecuario. Para ello, resulta que, el patio del recreo estaba dividido en parcelas, de tal forma, que cada clase tenía su terreno para poder desarrollar los cultivos, principalmente tubérculos. A esa altitud, no hay muchas posibilidades (hay poco oxígeno y por las noches hiela). 

Pero también el Colegio tenía un invernadero donde se cultivaban productos hortícolas para el comedor. De esta forma, los alumnos que provienen de familias muy pobres, podían comer. 

También había unas cuadras con chanchos (cerdos), vacas, ovejas… 

Yo había llevado diverso material para facilitar las labores agropecuarias, entre ellas, tijeras para esquilar las ovejas, ya que no era posible conseguirlas en Bolivia. 

Y entre campos, cultivos, papas, chuños, tunta y chanchos, aprendí yo mucho más de lo que pude aportar. 

Pues bueno, yo que había llegado con la idea de que iba a un país tropical, de vegetación exuberante, suaves colinas y con un clima cálido, terminé en un territorio más árido que Los Monegros, en el altiplano boliviano sin ninguna colina (eso sí rodeado de la impresionante cordillera de Los Andes, con las nieves perpetuas) y con un frío impresionante y un sol que abrasaba la piel sin calentar. 

No obstante, la experiencia fue tan especial y enriquecedora que, en los años siguientes continué colaborando hasta llegar a vivir allí en el año 2002. En total, fueron 14 años de experiencias constantes en las que uno creo que va a ayudar y vuelve lleno de alegría y vitalidad. 

Nacho Blas Ortego

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